Photobook, 2026
About the book
donde aprendimos a mirarnos traces the relationship between Margarita and her daughter Vicky within a Triqui community from Oaxaca that has been settled in the agricultural region of Sonora, in northern Mexico, since the 1950s.
Through two generations—Margarita, who was born in Oaxaca, and Vicky, who was born in Sonora—the book explores migration, memory, identity, and belonging, and the ways a sense of home is carried and transformed across generations.
Built as an intimate photographic narrative, the book reflects on how identity takes root in a territory shaped by migration, and how belonging can shift from one generation to the next.
Book details
18 × 25 cm
Hardcover
2026
ISBN 978-607-29-8519-3
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Reflections on the photobook
Valeria Salas
Text written for the presentation of donde aprendimos a mirarnos, 2026
Me fascina la mirada de los bebés. Aunque humanos, los bebés tienen una mirada que se asemeja más a la de los perros y los gatos que a la de los humanos adultos.
Siendo adultos, ¿cuándo nos permitimos mirar como miramos al inicio de la vida? Estando enamorados tal vez. ¿Dónde aprendimos a mirarnos?
Aquella mirada profunda y curiosa que todos tuvimos alguna vez, fue llenándose de cosas. Cada quien tiene una historia de cómo aprende la mirada. La mirada correcta o la mirada coqueta, la mirada decente, la mirada juiciosa o la mirada crítica. Se me ocurre que estando enamorados, esas cosas que nos atraviesan la mirada bajan la guardia, el ojo se desarma, se desviste, y miramos nuevamente así: con curiosidad.
La curiosidad es una forma de amor.
Ser artista, pienso, tiene menos qué ver con la parafernalia que envuelve a la palabra arte, y más con la capacidad que un humano adulto tiene de conservar y cultivar la mirada curiosa e intensa con la que nacemos. La mirada que se detiene. La mirada que no tiene prisa, que tiene todo el tiempo de quedarse y aprehender lo otro con el alma y después con algún material.
Con la cámara, por ejemplo, con la palabra.
Ilse Cabanillas, la autora del fotolibro que hoy venimos a celebrar, tiene esa mirada de abuela niña, y desde ahí hace poesía con la imagen. Esta obra suya, nos lleva a ese lugar íntimo y sagrado, en el que aprendimos a mirarnos. Nos dice, con el lenguaje de la luz, que nos miramos en el otro, en lo otro, que cada persona con su historia, y cada ser, es un espejo que se nos ofrece para ver lo más profundo de nuestro ser.
En este caso, la mirada curiosa de Ilse se detuvo en uno de los huipiles de Margarita, y con respeto y cariño se le acercó para conocer más de su vida, de su vínculo con su pequeña hija: Vicky. De la historia detrás del huipil triqui en un poblado sonorense, del encuentro de culturas en la cotidianidad del desierto norteño.
Las fotografías y destellos de sabiduría que encontrarán en donde aprendimos a mirarnos, son un registro de la vida de Margarita, una mujer triqui que migró de Oaxaca a Sonora buscando oportunidades de subsistencia, y encontró ahí y un lugar para ella, formó una familia y un día a día cambiante que se construye entre dos lenguas y los colores vivos de la tradición textilera de la tierra de origen de Margarita.
Es también el registro del amor tierno entre Margarita y su hija Vicky, de cómo se miran, cómo se trenzan el cabello, cómo descubren la vida juntas. Y si una pone atención es también el registro de la relación que Ilse tiene con Vicky y Margarita, de la apertura con la que fue bienvenida a su familia, de la intimidad que comparten.
Es también lo que Ilse encuentra de sí misma en Margarita y Vicky.
Y es también un espejo para quien quiera mirarse en ellas.
Tuve la fortuna de acompañar a Ilse en el proceso de escribir los pequeños textos que acompañan las fotografías. Nos enfocamos en la sensación, en la experiencia, tratando de alejarnos de una mera descripción de las imágenes, para permitir que la voz de las fotos permaneciera ahí, tomando su propio espacio. ¿Entonces qué escribir? En ese proceso vi a Ilse encontrarse poeta también de la palabra, y descubrir que al fondo de ambas artes está lo mismo: ese anhelo por tocar la experiencia que nunca se satisface. Pero lo que sí podemos hacer es apuntarla con alegría para que otros miren también, como hacen los bebés.
En esta época en la que se producen casi demasiadas imágenes. En las que las fotos nos duran dos segundos antes de que sigamos scrolleando, celebro la valentía de mi amiga Ilse, de hacer fotografías que nos inviten a detenernos, a recordar, a imaginar, a empatizar con la historia de otros.
Les invito de corazón a tomar este libro en sus manos.
A verlo así, con todo el tiempo del mundo, y luego voltear a ver lo que tienen alrededor con el mismo asombro.
Jesús Faustino Olmos de la Cruz
Text written for the presentation of donde aprendimos a mirarnos, 2026
Hay fotografías que registran un instante y hay otras que, además de registrar, nos invitan a mirar de nuevo. donde aprendimos a mirarnos pertenece a estas últimas. Es un fotolibro que nace de la observación de la vida cotidiana de familias de origen del Pueblo Triqui asentadas en el Poblado Miguel Alemán, en nuestro Estado de Sonora y que encuentra en la imagen fotográfica una forma de aproximarse a sus historias, sus vínculos y a las maneras en que una comunidad construye y preserva su identidad lejos de su territorio de origen.
Desde mi punto de vista, el proyecto se articula a partir de tres dimensiones que dialogan entre sí: por un lado, lo visual, por otro lo narrativo y por último lo conceptual. La fotografía constituye el primer lenguaje de la obra; a través de ella, los rostros, los espacios domésticos, las actividades cotidianas, los gestos y los objetos adquieren una presencia que permite acercarnos a una realidad que con frecuencia permanece al margen de las miradas.
Pero mirar no significa únicamente observar. También significa reconocer. Por ello, las imágenes que conforman este fotolibro no buscan presentar a la comunidad como una realidad distante o exótica, sino aproximarse a ella desde la cotidianidad: desde aquello que sucede en el ámbito familiar, en el trabajo, en la conversación, en las prácticas compartidas y en esos pequeños momentos donde una cultura se mantiene viva.
La dimensión narrativa surge precisamente de esa sucesión de imágenes. Cada fotografía cuenta algo por sí misma, pero al encontrarse con las demás comienza a formar parte de un relato mayor. El fotolibro propone así una narración construida no solamente con palabras, sino con rostros, silencios, colores, texturas, espacios y memorias. Recordemos que las fotografías se convierten en fragmentos de una historia colectiva que habla de adaptación, pertenencia, resistencia y continuidad cultural.
En este recorrido adquiere particular importancia la presencia de las mujeres de la comunidad. Son ellas quienes aparecen como protagonistas y guardianas de buena parte de los saberes que atraviesan las generaciones: madres, hijas, artesanas, trabajadoras y transmisoras de conocimientos. En sus manos no solamente se encuentran los hilos y los colores de un tejido; también se encuentran historias, símbolos y formas de comprender el mundo.
Los tejidos y las artesanías ocupan, por ello, un lugar fundamental dentro de la propuesta visual. El hilo se convierte en una metáfora de la memoria: cada color, cada figura y cada puntada enlazan pasado y presente. Lo que aparentemente es una pieza artesanal es, en realidad, una forma de narrar y conservar aquello que una comunidad se niega a olvidar.
Desde su dimensión conceptual, donde aprendimos a mirarnos plantea una reflexión sobre la identidad y el encuentro. Habitar un nuevo territorio no significa necesariamente abandonar el territorio de la memoria. Las comunidades migrantes llevan consigo formas de hablar, de vestir, de trabajar, de celebrar, de relacionarse y de transmitir conocimientos. De esta manera, la identidad no aparece como algo inmóvil, sino como un proceso que se transforma y se reafirma en contacto con nuevos espacios y nuevas circunstancias.
El Poblado Miguel Alemán se convierte entonces en algo más que el escenario donde fueron realizadas las fotografías. Es el espacio donde distintas historias se encuentran y donde una comunidad reconstruye cotidianamente sus vínculos con aquello que la define. Allí, entre la memoria del origen y las condiciones del presente, se produce una nueva manera de habitar, pertenecer y reconocerse.
El título de la obra adquiere así un significado profundo. donde aprendimos a mirarnos habla de la mirada de Ilse como fotógrafa, pero también de la mirada de quienes aparecen frente a la cámara. Porque fotografiar también es establecer un encuentro: quien observa y quien es observado dejan, aunque sea por un instante, de ocupar lugares separados para compartir un mismo espacio de reconocimiento.
La cámara puede registrar un rostro, una mano, un tejido o una escena cotidiana; pero detrás de cada imagen existe una historia que no cabe completamente dentro del encuadre. Por eso este fotolibro propone mirar más allá de la fotografía: “mirar a las personas, escuchar sus silencios, reconocer sus saberes y comprender que la diversidad cultural no es una distancia que nos separa, sino una posibilidad para encontrarnos”.
En este sentido, la obra busca contribuir al reconocimiento y respeto de la diversidad cultural presente en Sonora, mostrando que las comunidades indígenas forman parte activa del presente y del patrimonio vivo de la región.
donde aprendimos a mirarnos es, finalmente, un ejercicio de memoria, identidad y encuentro. Un recorrido visual por una comunidad que, al preservar sus tradiciones, también transforma el lugar que habita. Y quizá ahí reside la fuerza de estas imágenes: en recordarnos que mirar verdaderamente al otro implica también aprender algo de nosotros mismos.
Porque a veces una fotografía no solamente nos dice “mira”.
A veces nos pregunta:
¿serás capaz de reconocer en esa mirada algo de ti?
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